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jueves, 26 de mayo de 2011

Tradiciones y costumbres, página 32


Según relata una persona del pueblo, cuando era mocico se fue a confesar y el cura le preguntó que cuántas veces. Él, de primeras, entendió que le preguntaba que cuantas veces  se había hecho tocamientos solitarios y no sabía que responderle. El cura le animó diciéndole que si dos o tres, a lo que respondió avergonzado que posiblemente. El cura no satisfecho le gritó que habían sido más, muchas más veces, las que había ido a su huerta a robarle las manzanas. ¡Vaya patinazo que se dio el pobre muchacho!
En una de las cabalgatas de reyes, D. José Luis sufrió un percance. Montaba una yegua oscura de poca alzada y lo hacía con destreza. A mitad del recorrido quiso darle agua en el bebedero, y cuando estaba tan tranquila bebiendo, lanzaron un cohete justo al lado de ella. La detonación la asustó, se encabritó el animal, empezó a saltar y el Sr. Cura se elevó por los aires y  terminó por los suelos. Cuando aterrizó, maltrecho y dolorido, lo primero que hizo fue preguntar por su cadena y medalla de la Virgen, que se le habían desprendido en el vuelo; no le preocupaba, para nada, los rasponazos que se había hecho.
Parece ser que el ganado caballar se asustaba de las sotanas, ya que también en otra ocasión de las cabalgatas de los reyes, en el pueblo de Echávarri, un caballo le dio semejante coz que le rompió la pierna.
Pero todo esto no sirvió para desanimarlo, al contrario, todos los años se preocupaba de organizar y participar en el evento. ¡Santo cura!


José A. Martinez, cuando era monaguillo y ayudaba a D. José Luis Pascual en la ceremonia de la Santa Misa, aprovechando  un descuido del Sr. Cura, le puso dentro  del incensario un”sputnik” (aquel artefacto que se hacía con cerillas envueltas las cabezas en papel de plata). Pegó tal explosión que el carbón salió de estampida y se dispersó por todo el altar. En otra ocasión a la “empalmatoria” (palmatoria: Soporte en forma de platillo con un asa y donde se coloca una vela), le puso una “pedorreta” (así se llamaban unos pistones que imitaban los sonidos sucesivos de los pedos) y armó un gran escándalo. Como es lógico de imaginar, recibió del Sr. Párroco lo que por sus acciones se merecía.
Siguiendo con los monaguillos, al mismo José A. y a su amigo Goyo, les pilló el cura que se habían bebido el vino de celebrar y fumado un par de cigarros dentro de la sacristía.  Para castigarlos, los dejó encerrados en la misma sacristía con un cuarterón de tabaco (determinada cantidad de tabaco en picadura que venía empaquetado. Se le dice también a la cuarta parte de la libra) y un librillo de papel de fumar. Más tarde, les dijo, me daré una vuelta, si el cuarterón está completamente fumado os dejaré marchar y en caso contrario aquí vais a estar hasta que lo terminéis. El sacerdote volvió al cabo de algunas horas y comprobó que el cuarterón no estaba vacío del todo, pero casi y les dejó marchar. ¿Qué habían hecho estos pícaros monaguillos?...



... Y otras


Bajaban de fiestas de Galdeano, Carlitos y Cirilo, y dieron fuego a los matorrales de Gustina y luego, ellos mismos, sonaron las campanas de la iglesia con el toque de fuego y se quedaron tan tranquilos.


Los chicos, estando en la escuela, y cuando salieron al recreo, por una apuesta, se pusieron a mear en fila en la pared del frontón. El reto era ver quién de ellos meaba más alto a partir de la chapa del frontis. Ganó por mucha diferencia José Luis “El Cucharillas” que alcanzó casi los tres metros, según las mediciones realizadas al efecto.

Tradiciones y costumbres, página 31



ANÉCDOTAS
DE CURAS Y MONAGUILLOS:

Don José Luis Pascual fue un cura moderno para su época. De carácter muy recto pero siempre pensando en la juventud. En los bajos de su Casa Parroquial, organizó lo que se llamó el Centro Parroquial, un lugar para reunirnos chicos y chicas donde compartir el ocio. Él adecentó el local y lo pintó. Era un salón amplio, aireado por un ventanal; con chimenea, que encendíamos en invierno para calentarnos, mesas, sillas y un billar. Siempre nos advertía que tuviéramos cuidado con los palos del billar (tacos) y que apuntáramos bien a la bola, pues en caso contrario haríamos jirones al tapete verde. Ni que decir tiene que, a los pocos días de uso, ya estaba rasgado. Se compró un magnetófono de bobina de los de época, marca Grundig, donde se grababa los sermones que luego se  iban a escuchar en el templo.  Los domingos nos daba cine y vimos un montón de películas mudas de todos los astros cómicos. En el tocadiscos que nos prestó, escuchábamos discos de vinilos antiguos, pero nada de baile. Eso era tabú. Le puso sonido e iluminación a la iglesia, repasó las grietas y pintó sus paredes. Incluso se atrevió con los retablos del altar a los que también les dio una manita. Se preocupó de preparar representaciones teatrales, nacimientos y cabalgatas. Entre sus obligaciones pastorales, dio catecismo en la escuela, preparaciones de confirmaciones, comuniones y misiones por la cuaresma con ejercicios espirituales de reconocidos oradores y confesores.
En resumen, éste sí que era un Sr. Cura.
Hay varias anécdotas de este querido y recordado párroco a quien le pusieron el mote de “Pistolas”, entre otras, éstas:
A la salida de celebrar una misa y cuando se iba para La Casa Parroquial donde tenía su vivienda, unos muchachos le mearon desde el campanario y tuvieron tal acierto que lo dejaron perdido. Los reniegos fueron grandes ya que, el miró al cielo de donde caía el líquido, y vio a los mocetes en el campanario con las manos en el “tubo de riego”.
En otra ocasión, acudieron os feligreses a la iglesia a oír la Santa Misa y les dijo que no iba haber misa, pues la parroquia no tenía dinero ni para pan, ni para vino, ni para hostias. Pero la misa se celebró. Quería decirles, de esta forma tan clara, que sus limosnas no cubrían los gastos.

Tradiciones y costumbres, página 30



EL CABRERO Y LAS CABRAS

Hubo un tiempo en que en casi todas las casas de los vecinos del pueblo, y en especial en las de los más pobres, las cuadras tenían alguna cabra que les daba leche y carne, y cuando parían aquellos apreciados cabritillos, de los que se reservaba uno para asarlo en las fiestas patronales en el horno de leña de encina. El concejo buscaba una persona que sacara las cabras a pastar y cuidara de ellas; ese personaje era el cabrero, es decir el pastor de las cabras. El pueblo le facilitaba la vivienda y le pagaba un sueldo. Los propietarios de las cabras les solían poner un cencerro pues es sabido el dicho de que “la cabra tira al monte” y con el sonido del cencerro, si se perdían por el monte, (dudo de que estos animales puedan perderse en el monte, que es su hábitat natural) las podían más fácil localizar.Por las mañanas tocaba su cuerno, que era la llamada para que los dueños de cabras las sacaran fuera de sus casas y él las iba recogiendo hasta formar con todas ellas el rebaño. Después se dirigía, ayudado de uno o varios perros, a los sitios que el concejo le permitía acceder y donde conseguían su alimentación. Al atardecer volvía con ellas y retornaban a sus cuadras. El sitio preferido para llevarlas a pastar era el monte bajo, hasta que vecinos del pueblo y de otros lugares cercanos comenzaron a discutir sobre la conveniencia de tener rebaño de cabras o no tenerlo. Se apoyaban en que al monte le hacían mucho perjuicio pues se comían todos los tallos jóvenes y ramas del arbolado. Total, que terminaron por no tener ni cabras ni cabrero.
En la actualidad, en la provincia de Extremadura y otras, han vuelto a echar las cabras al monte porque, según han comprobado, el perjuicio que hacen es mucho menor que el beneficio; ya que de esa manera, echándolas al monte lo limpian, y se ahorran los jornales que periódicamente hay que pagar, o las orzalanas, para poder hacer las “limpias”, consistentes en limpiar de matorrales y árboles pequeños el monte, para que los árboles que queden, estén más esclarecidos y puedan crecer y desarrolarse en mejores condiciones
                                                                  

Tradiciones y costumbres, página 29





JESÚS EL CARPINTERICO-Fue un personaje muy curioso dentro de la vida del pueblo. Era un hombre delgado y reñido con el afeitado, ya que su barba era siempre de varios días. Tenía todos  los dientes y muelas, de color negro y amarillo, sin duda por ser un fumador empedernido que liaba un cigarro detrás de otro. A la bebida alcohólica tampoco le hacía ningún asco y no se quedaba atrás. Nadie sabía de dónde había llegado y se instaló en un corral, cerca del bebedero, donde entre sus cuatro paredes de piedra instaló un banco de trabajo y todas las herramientas de que disponía: la barrena, el berbiquí, la caja de hacer ingletes, cepillos, compás, destornilladores, escofinas, escuadras, formones, garlopa, gubia, martillos, maza, nivel, punzones, sargentos, sierras, serruchos, tenazas, los que me deje y el pequeño material de clavos, tirafondos, colas, barnices, etc. ¡Vamos, un oficio de muchos utensilios! Vivía en el mismo taller, donde hacía su vida y pernoctaba entre los rizos. Buen ebanista, aparte de carpintero, entre sus muchos trabajos, realizó diversa obras para la iglesia del pueblo. Los críos aparte de ir a verlo y observar como trabajaba, le hacían un montón de putadas como apedrearle la puerta y despertarlo cuando estaba durmiendo. Porque de verdad, el genio no lo tenía nada bueno y respondía con una retahíla de  juramentos que se oían hasta en el rebote. Cuentan una anécdota de él: Estaba esperando en Las Cocheras a que bajara el Correo para desplazarse a Estella, y para hacer la espera más corta, se puso a hablar con Celestino el mecánico y otros empleados de la serrería, en alguna de sus dependencias. Tan animada conversación derivó en que, cuando quiso darse cuenta, el autobús de línea ya había emprendido la marcha. No se desanimó y todo nervioso y gritando ¡para, para!, a la carrera, consiguió alcanzarlo y sujetarse a la escalerilla que el autobús tenía para poder subir a la baca. Sus pocas fuerzas, sus cortas piernas y la velocidad que había tomado ya el auto, le hicieron dar con el asfalto y fue arrastrado durante unos metros. A los gritos de los empleados de la serrería, el conductor frenó en seco, lo que causó al infortunado Jesús, un nuevo golpe con la carrocería.  Ayudado por todos a levantarse y mientras se lamentaba repitiendo ¡vaya hostia, vaya hostia! decidió suspender el viaje.



Tradiciones y costumbres, página 28



EL CACHUNDI- Así se llamaba el perro de la Sra. Silvina y el Sr. Jesús. De raza ratonero (¡vaya usted a saber!) y de pequeño tamaño, piel muy fina principalmente blanca con manchas marrones y negras. Orejas en atención, patas cortas y fuertes. Ojos pequeños pero vivarachos y expresivos, rabo tieso y juguetón y una mala leche de mucho “cuidao”. Cuentan en el pueblo cien mil y una de sus aventuras. Dormía en la cuadra con una burra pero acostado encima de ella. Le tenía un gran amor y desde el suelo le lamía su hocico cariñosamente.


Cuando ataban la burra en la era a pastar, él la vigilaba para que nadie se la tocara ni incomodara y cuando la Sra. Silvina iba a desatarla el perro la traía del ramal hasta su sitio de la cuadra.  Como vigilante de la vivienda, preparaba un concierto de ladridos en cuanto se acercaba alguna persona y quería entrar. El jodido se tiraba a morder y dio algún disgustillo a sus propietarios que no tuvieron más remedio que atarlo en la cuadra. Pero listo como el hambre, se las arreglaba para soltarse la mayoría de las veces y subir a la cocina donde la Sra. Silvina, aún a pesar de que lo quería mucho, le soltaba unos buenos escobazos y lo despachaba con cajas destempladas. Su grado de inteligencia llegaba hasta el extremo de que cuando la Sra. Silvina lo mandaba al río para que trajera los patos, siempre llegaba con los de la casa, agarrados por el cuello con su boca y sin apretarles para no hacerles daño. Jamás se equivocaba llevando alguno de otro vecino. Los patos, en ese tiempo, se les abrían la cuadra y ellos solos buscaban el río y allí se juntaban con otros patos de los demás vecinos. Para distinguirlos los unos de los otros, se les ponía debajo de una de las alas, unas cintas de diferentes colores o unos trozos de telas viejas de colores. Su grado de fiereza tampoco se quedaba corto. Era peleón y en cuanto veía a otro perro se iba a por él. Si era perra con más motivo. Le encantaba reñir con los demás y no le importaba, para nada, el tamaño del contrincante. Su táctica de combate, al ser tan bajo de estatura, era morderles en sus partes blandas a las que llegaba con facilidad y atino. La Sr. Silvina tenía por vecinas, dos hermanas, que se llamaban Fulgencia y Dorotea, la primera usaba gafas y el perro, no sé porqué, en cuanto que la veía le saltaba un metro y medio e iba directo a por las gafas. La de sustos que le dio a la pobre mujer y, sin embargo,  a su hermana no le hacía nada. Vivió bastantes años, aunque los últimos, estaba tuerto de una pedrada que le dieron por ser tan bueno. Murió atropellado por una furgoneta de unos frailes capuchinos de Estella, en el término de Echavarrionda, concretamente en el cruce de la carretera general a la parcelaria de Echávarri; por su maldita costumbre de seguir detrás de cualquier vehículo ladrando y tirándose a morder. Tuvo mucha descendencia con las perras del pueblo, pero ninguno de sus hijos, sacó la casta de este genial chucho llamado Cachundi, que la verdad, no sé de donde le sacarían ese nombre.

Tradiciones y costumbres, página 27



 JUEGOS DE CARTAS:


De entre todos los juegos de mesa, sin duda alguna, destacan, los juegos de cartas, naipes, o de la baraja, que dicen otros. Es una tradición muy antigua reunirse familiares o amigos alrededor de una mesa a echar una partidita. Los largos días de otoño e invierno y cuando no había televisión eran el entretenimiento más socorrido sobre todo de los mayores.
Hay cantidad de juegos, la mayoría, de todos conocidos; como la brisca, el mus, el chinchón, el tute, las siete y media, los seises, el orón, los nueves, el hijoputa y otros menos conocidos pero variantes de los mismos, como el remigio o rabino, el ilustrado, el subastado o arrastrado, el julepe, la pocha, el guiñote, el cinquillo, la canasta, el póker, etc. De todos estos juegos cada región tiene sus normas y sus diferencias pero la base sigue siendo la misma en todos ellos. A continuación, y explicados muy brevemente, alguno de ellos:

La Zorra- Así se llama a un juego de cartas de la baraja española consistente en lo siguiente: todos los jugadores ponen la cantidad que se fije para echar al corro. El que da la baraja reparte las cartas del mazo por orden. Si sale un as (pierde) y tiene que pagar la cantidad que se establezca al corro (al montón), si sale un rey (gana) y retira del corro lo acordado. A quien le salga el 4 de oros (que es la zorra) es el ganador final y se lleva todo lo que tenga el montón. Se vuelve a poner dinero y se comienza otra vez. 

Ilustrado- Variedad del juego del mus, en la que se reparten todas las cartas entre diez jugadores que juegan individualmente.

Subastado- Modalidad del tute para tres jugadores. Se juega con la baraja española a la que se le han retirado los doses, quedando 36 cartas y correspondiendo 12 cartas a cada jugador. El objetivo del juego es conseguir el total de puntos o tantos declarados en la subasta. Estos puntos se consiguen sumando el valor de las cartas de las bazas ganadas, los acuses, y el premio por ganar la última baza («diez de últimas»).

El parar- Juego de apostar. Es rápido y sencillo. Pueden jugar bastantes personas. Todas ellas ponen una cantidad de dinero que se fija al comienzo y que depositan en el centro de la mesa de juego en el llamado “corro” o  “montón”. Se reparte una carta a cada participante y por orden se va pidiendo carta, se pasa o se apuesta la cantidad que se quiera, inclusive todo el “montón”, dependiendo como es lógico, del valor de la carta que dispongas. La finalidad es montar con la carta que tienes la que te eche el repartidor. Cuando el “montón” se queda sin fondos, se vuelva a poner y se repite el juego.

Remigio o Rabino- Juego de naipes similar al chinchón. Se necesita una baraja de póker inglesa, o española, es decir, con 13 cartas por palo más cuatro comodines. El número de jugadores mínimo es 2, y el máximo con dos barajas es de 6, aunque pueden jugar más. Al comienzo, se fija una cantidad de puntos o tantos que será el tope, es decir, cualquier jugador que sobrepase esa cantidad será eliminado. El último jugador en no ser eliminado gana. Para ello, hay que conseguir tener el menor número de tantos posible en cada ronda.

Los Nueves- Es otro juego de la baraja de los de apostar dinero. Se inicia el juego señalando la cantidad que habrá que poner en el corro o montón, cada jugador. Se dan tres cartas de una sola vez y no hay descartes. Con el número del naipe se suma el valor en de las cuatro cartas y esos son los puntos con los que contarás. La mejor jugada es las medias que ganan a los puntos siguientes que en orden son: 29, 19, 9; 28, 18, 8; 27, 17, 7. Un jugador puede apostar una cantidad de dinero y otros le pueden aceptar la apuesta, ganándola el que mejor jugada lleve.
Cuando se haya retirado todo el dinero del montón, los jugadores vuelven a poner e inician una nueva partida.

La Pocha-  Juego de cartas  de la baraja española. Las reglas son similares a las del tute, es decir, el orden de las cartas de mayor a menor es: As, tres, rey, caballo, sota, siete, seis, cinco, cuatro y dos. Pueden participar de 3 a 6 jugadores  El juego consiste en adivinar cuantas bazas vas a conseguir con las cartas que tienes (cero, una, dos, etc.), apuntándose en un papel.

Julepe- Juego variante de la brisca pero con apuesta de dinero .A la baraja se le quita los ochos y los nueves. El número de jugadores es de tres a nueve.


Guiñote- Otro juego de naipes parecido al tute. Intervienen cuatro jugadores formando dos parejas. También se le retira a la baraja los ochos y los nueves.

Tradiciones y costumbres, página 26



El pañuelo: Se forman dos equipos con el mismo número de jugadores y se colocan a una distancia determinada el uno del otro, tras una línea. A cada jugador de cada equipo se le asigna un número en orden correlativo empezando por el uno. En el centro del campo de juego se coloca una persona que mantendrá un pañuelo colgando de su mano justo encima de la línea separadora.La persona con el pañuelo dirá en voz alta un número. El miembro de cada equipo que tenga dicho número deberá correr para coger el pañuelo y llevarlo a su casa. El primero que lo consiga gana la ronda, quedando el participante del equipo contrincante eliminado. También queda eliminado aquél que rebase la línea separadora sobre la que está el pañuelo sin que el otro lo haya cogido y el que sea tocado por el contrincante tras haber cogido el pañuelo.


El truco del juego consiste en provocar al contrario para que rebase la línea simulando haber cogido el pañuelo, y correr más rápido que el oponente una vez agarrado el pañuelo.
Cuando se han eliminado varios jugadores de un equipo, se reorganizan los números pudiendo asignar varios a un solo jugador. Gana el equipo que logra eliminar a todos los contrarios

El hinque- Este juego consistía en hacer una buena punta a unos palos de unos 50 centímetros de largo que se hundían en el barro. Cada jugador, por turno, intentaba tirar el palo de otro golpeándolo para que cayera y teniendo que dejar clavado el suyo. Cuando lo conseguía, recogía el palo caído y apoyándose en su “hinque” lo lanzaba lo más lejos que podía diciendo alguna estrofilla cuyo texto variaba según que sitios. Si a continuación clavaba en el barro cinco veces seguidas el “hinque”, antes de que volviera el que había ido a buscar el suyo, quedaba eliminado y se repetía el juego hasta haber un solo ganador. La victoria tenía mas valor si de los golpetazos se rompía algún “hinque”, ya que de esa forma, se dejaba  sin “arma” al enemigo, y no podía seguir jugando.
(Hay diversas variantes de todos estos juegos, según regiones)    

Tradiciones y costumbres, página 25




La alpargata ó zapatilla: Los participantes forman un corro y  se sientan en el suelo. El que se la queda, con la alpargata en la mano, da vueltas alrededor de los jugadores hasta que la  deposita detrás de alguno de ellos. Los demás se la van pasado para cambiar la posición y de esta manera, el que se la queda, no adivine quien la tiene. Si acierta, lo levanta del corro y le hace girar alrededor del círculo y lo golpea con la alpargata en la espalda hasta que se siente en el lugar que tenía. En caso de no acertar, el acusado de tenerla, es el que ahora se la queda y se vuelve a jugar.

- El marro: Juego de persecución en el que pueden intervenir gran número de participantes en campo abierto. Se forman dos equipos. Se dibujan dos líneas y cada equipo asigna un trozo del terreno a “casa”, en donde el jugador no puede apresar al contrario y sirve también de cárcel para retener a los apresados. Los jugadores tratan de liberar a los capturados de su equipo. Gana el equipo participante que más prisioneros haga.

- El primi: Juego de pelota a mano que permite la participación de varios jugadores. Aquellos que no resten la pelota a buena, van quedando eliminados hasta que quede un solo ganador.

Tradiciones y costumbres, página 24



- La Corroncha: Un aro metálico de la medida más o menos de la rueda de una bicicleta que se hace girar y se conduce mediante un alambre rígido que hace de guía.



- El Corro las patatas: Los niños unidos por las manos forman un círculo y dan vueltas cantando la tonadilla “Al corroncho (en otros sitios al corro)  las patatas, comeremos ensalada, lo que comen los señores, naranjitas y limones, alupe, alupe, sentadito me quedé” y al decir esto se sientan todos.


- Tres Navíos por el Mar: Juego de persecución. Los perseguidos gritan “Tres navíos por el mar” y los perseguidores salen en su busca voceando “Y otros tres en busca van”. Cuando son localizados se dice “¡Tierra descubierta!



- Adivina quién te dio: Se venda los ojos a uno de los participantes y se coloca en medio del corro. Dándole con la mano un golpe en la espalda le preguntan ¿Adivina quién te dio? Si lo acierta queda libre y entra en su lugar el que le dio que es el que se la queda y continúa el juego.


- El burro: Uno de los participantes se sienta y hace de base. Apoyándose en sus rodillas se agachan otros y cuando está formada la hilera, el que ha pedido primero salta sobre las costillas de todos. Si la hilera aguanta sin derrumbarse el que ha saltado pregunta ¿Punzón o tijera? a la vez que señala con uno o dos dedos de la mano un utensilio u otro. Si el que contesta acierta saltará él la siguiente vez y el otro se pondrá en la hilera de “burro”, pero si consigue derrumbar la hilera vuelve a saltar hasta que pierda.

Tradiciones y costumbres, página 23


Juegos propios de chicos- Los preferidos eran el fútbol y la pelota a mano pero también se jugaba a : Bailar la trompa, los tirabiques, el aro, las espadas, las chapas, a guerras, hacer chabolas, carboneras, txulubitas, coger nidos, los bolos, las canicas, las chapas, el hinque, hacer petardos y explosiones con carburo, policías y ladrones, pelota con pala, etc.





Juegos en los que intervienen chicos y chicas: Escondite o esconderite, tres navíos, el marro, el “corroncho” la patata, la cadena, el burro, el pañuelo, la zapatilla, el veo veo, vuelan vuelan, miente bellaco, la gallina ciega, las cartas, el pillar, la silla, etc
   



En los capítulos siguientes haremos una pequeña explicación de algunos de los más populares:

Tradiciones y costumbres, página 22

JUEGOS INFANTILES TRADICIONALES:







Actualmente son pocos los juegos antiguos y tradicionales que están vigentes, pero en su época hubo muchos y variados. Los separaremos en tres grupos, a saber: 


Juegos propios de chicas: Las tabas, el florón, las “comidicas”, las “mamás”, los alfileres, saltar a la soga, las muñecas, las cuatro esquinas, Antón Pirulero, los cromos, las cintas, la goma, el calderón, la cantinerita, etc.








Tradiciones y costumbres, página 21



Anteriormente, el trabajo de la trilla se efectuaba con el trillo, una plancha de madera de frente curvada hacia arriba, parecida a un trineo y que en su parte inferior tenía unas filas de hojas de sierra, con dientes afilados, que era tirado por una caballería o un ganado que daba vueltas en círculo por la parva, con el fin igualmente de separar el grano de la paja. Aquel apero era mucho más divertido. Encima de él y para hacer contrapeso, montaban a los críos que se hinchaban a dar vueltas y vueltas sin falta de ir a los “caballitos “de las ferias a gastarse las “ochenas”. Sin embargo, tenían su peligro, y había que ir bien agarrado, pues ya hubo algún percance y a algún mocete del pueblo, que se cayó, le pasó el trillo por encima de la cabeza, dejándole las marcas de los dientes de sierra y el peinado a lo afro para siempre.

LAS “SUERTES”- Con este nombre se conocen, al sorteo que el Concejo hace entre todos los vecinos, de los árboles del monte que asigna gratuitamente para leña. El rodal o guarda de monte indica el sitio, que árboles se han de cortar y establece por número los cupos. Se hacen unas papeletas se meten en una boina y cada empadronado en el pueblo va sacando el número del cupo de leña que la suerte le asigne. De ahí su nombre de “suertes” de leña. El concejo prohíbe la venta de la leña, entendiendo que su fin debe de ser el de calentar el hogar de los vecinos

CARBÓN (CISCO DE ROBLE o de ENCINA)- A esos “trocicos” del carbón vegetal, empleados en braseros  y usados para calentarse, les llamaban “quema setas” por su facilidad en estallar cuando los tenían las mujeres debajo de las piernas. El cisco de encina no era tan peligroso.






CHOPO DE MAYO
A los mozos les daban un chopo para que una vez tirado lo vendieran y con el importe de su venta poderse ir a merendar. Costumbre parecida al Mayo de Améscoa (Larraona, San Martín, Zudaire) que actualmente se ha vuelto a recuperar; y consistente en subir a la sierra de Urbasa a cortar un haya bien alta, limpiarla dejándole las ramas de la parte de arriba, bajarla a hombros al centro del pueblo, levantarla y sujetarla con cuñas.









Tradiciones y costumbres, página 20



LA TRILLA

Se denomina trilla al conjunto de operaciones que hay que hacer en los cereales para desmenuzar la paja y separar el grano. También era conocida como la época del verano en la que se realizaban estos trabajos. De toda la vida las trillas se hacían en las eras, espacios circulares cercanos al pueblo y expuestos al viento. En aquellos años, el cereal se segaba de los campos a hoz y guadaña. 

Los haces de mies atados con cuerdas, se transportaban a la era en carros tirados por bueyes o vacas.  Estos carros tenían unos largos palos verticales en punta a izquierda y derecha, en donde se iban clavando las gavillas de cereal y de esta manera iban sujetas, evitando se cayeran por el balanceo del carro. Las mujeres trabajaban, con los hombres, en las labores de la trilla. Vestían batas cómodas  sobre las que anudaban el delantal, medias gruesas en las piernas y en la cabeza pañuelo negro cubierto por un amplio sombrero de paja. 

Su ayuda consistía básicamente en cortar la cuerda de las gavillas y disponer la cantidad precisa de mies encima de un tipo de escalera rodante, que la acercaba a la boca de la trilladora, y de esta forma  evitar que se atascara si se le daba demasiado de “comer”. Por aquellos años casi todas las mujeres ayudaban en las faenas del campo, y como la moda entonces era estar con la piel muy blanca, evidencia que distinguía la mujer de la capital a la del pueblo, las mozas se cubrían totalmente para evitar que les diera el sol y se pusieran morenas. ¡Qué contrastes, como ahora!

En el periodo de las trilladoras, de las que estamos hablando, en nuestro pueblo había dos trilladoras: la de los pobres y la de los ricos. La de los pobres, era una máquina vieja a motor, inglesa de marca Ruston. Los labradores ricos, tenían otra mejor y más moderna, marca Ajuria fabricada en Vitoria. Los vecinos del pueblo se distribuían conforme a estas clasificaciones para ejecutar sus labores en una u otra trilladora. La trilladora iba recogiendo el grano en sacos y tirando la paja a un montón que se transportaba en lo que se llamaba “mantas”. Estaban hechas de tela de saco tupido que se ataban por las puntas. Se llevaban encima de los hombros, formando un gran volumen, que los esforzados mozos tenían que subir hasta el pajar, realizando verdaderos ejercicios de malabares y equilibrios.





Tradiciones y costumbres, página 19



LA DIVERSIÓN DE LOS DOMINGOS- Las tardes de los domingos y días festivos, después de acudir al rosario de la tarde, la gente joven, toda junta, acudía a pasear a la carretera. Algunos mozos llevaban sus instrumentos de guitarras y bandurrias y se hacía un poco de baile suelto, en la misma carretera. Más tarde, se iba andando hasta la Venta de Larrión donde la cuadrilla de mozos tomaba vino y las chicas alguna gaseosa. Al atardecer, se volvía otra vez al pueblo antes del toque de “oración”. Las mujeres casadas se juntaban en alguna bajera a jugar a la brisca y sus maridos pasaban el rato en la taberna.

LAVAR LA ROPA- En tiempos atrás, la ropa se lavaba en el río, luego en el lavadero y después en la propia casa. Para secarla se distribuía encima de matas, de la era o del campo, a que le diera el sol. Únicamente la colada se hacía una vez a la semana e incluso se tardaba más tiempo. El jabón utilizado era de fabricación casera, elaborado con restos de sebo y aceites sobrantes. Hervido con sosa, se revolvía bien toda la mezcla y cuando cuajaba, se cortaba en trozos en forma de pastilla.


Tradiciones y costumbres, página 18




(*) CALBOTE- Alubia característica del Valle de Allín y Tierra Estella. Es más fino que las alubias comunes, de menor tamaño y de piel fina. Se cosechan de tres variedades  dos de pintas y una casi negra. La de pintas claras, más representativa y tradicional se le llama de “sangre de Cristo”.





ORZALANA, AUZALÁN ó AUZOLÁN- Con este nombre se designan los trabajos colectivos que los moradores del pueblo realizan en beneficio de la comunidad. La palabra auzalán proviene del euskera (auzoa-vecino, lana-trabajo). De cada casa del pueblo acude un hombre a trabajar. Si no puede acudir, se permite el reemplazo por otra persona que la sustituya. Si no acude nadie de una casa, el concejo le impone una multa equivalente a un jornal. Los trabajos a realizar eran la limpieza y  arreglo  de calles, caminos, regachos y montes.



Tradiciones y costumbres, página 16



IMÁGENES EN LA FACHADA DE LAS VIVIENDAS- Antiguamente, se acostumbraba a poner en el frente de las fachadas de las casas o en su entrada, una pequeña imagen de la cara de la Virgen , del Sagrado Corazón de Jesús o de cualquier otra alegoría religiosa

VECINDAD- En la vida del pueblo, siempre se ha cuidado el hecho de llevarse bien con todos  los vecinos. Partiendo de la base que la mayoría de los habitantes son parientes y que comparten apellidos, no ha sido tarea difícil, aunque, siempre hay alguna excepción. Si el dueño de la casa se ponía enfermo, sus vecinos le ayudaban en  las labores que hiciera falta. Se visitaba a enfermos y parturientas y se les llevaba un pequeño “presente” (regalo). Uno de los regalos más apreciado, por el que lo recibía, era el de una gallina para hacer caldo y dárselo a tomar al enfermo o la madre que había dado a luz,  con el fin de que cogiera fuerzas y se repusiera pronto.







Tradiciones y costumbres, página 17


 LA MATANZA-
Entre los meses de Enero y Febrero se hacía la matanza del cerdo engordado en casa o, en otros casos, de la cerda que ya estaba cansada de parir tantas veces y había que sacrificarla. En otros sitios comenzaba en Noviembre por San Martín (de ahí el dicho: “a todo cerdo le llega su San Martín”), duraba hasta marzo aproximadamente y tenían muy en cuenta las fases de la luna si era creciente o menguante. El “cuto” criado con mimo, en el invierno, con una alimentación a base de cocido de patatas revueltas con menudillo o salvado, remolacha y hojas de verdura (berza, acelga, etc.); todo ello, calentito y machacado con una zadilla o azadilla, se le depositaba en un pesebre de la cuadra. 

El buen tiempo, lo  había disfrutado de vacaciones en el monte, hinchándose a comer bellotas de los robles y viviendo en unas chozas hechas con palos, ramas, hojas y “termones” de césped.  De víspera se iniciaban los preparativos dejando al gorrino en ayunas.  Al día siguiente y temprano el matarife entraba en la pocilga y con la ayuda del gancho y de dos o tres hombres sacaban al puerco a la calle o al patio y lo acostaban en la parrilla preparada al efecto que podía ser de madera o de hierro. Una vez sujeto entre todos, el matarife le clavaba el gancho en la papada y le metía el cuchillo bien afilado. Las mujeres colocaban un barreño debajo para recoger la sangre del animal y le iban dando vueltas a la sangre con las manos para que no se coagulara. Si se formaba algún coágulo se retiraba. Esta sangre del “marrano” es la que valdrá para hacer las morcillas.

Muerto y desangrado, se daban fuego a las ollagas  y con ellas se le quemaban todos los pelos o cerdas del  cuerpo. Se le quitaban las pezuñas y con unas tejas y agua caliente se le rascaba toda la piel quemada, dejándolo  limpio y de color rosáceo. Colgado por las patas y con la cabeza boca abajo el matarife realizaba el corte en canal de la papada al ano. Se le sacaban los intestinos, se tiraba la hiel y con los hígados se hacía el almuerzo. Luego, hay gente que lo cuelga al sereno, al norte, para que se enfríe y oree. Otras gentes, siguen descuartizándolo hasta finalizar el proceso. Posteriormente son las mujeres las que llevan todo el trabajo de la matanza para hacer las morcillas y el adobo para los embutidos.

Existía la creencia que la mujer si tenía la menstruación no debía intervenir en este trabajo, porque si lo hacía se corría el peligro de que se echara a perder todo el embutido. Elaboraban diferentes tipos de longanizas como: birica (“birika”), una longaniza delgada hecha con los pulmones, el corazón del cochino y otras carnes inferiores, que se añadía al guiso de habas y calbotes (*), chistorra y chorizo. Las partes más selectas del cerdo como los lomos y costillares se dejaban en sal, se untaban con las manos de ajos y pimentón, entre otras cosas, y después de untados se colgaban. Cuando estaban  ya secos, se partían en trozos y se sumergían dentro de manteca en tinajas o pucheros grandes. De esta forma se guardaban para poderlos consumir en el verano o cuando hubiera necesidad de ello.

 Antiguamente se consideraba que un cerdo era bueno si tenía mucho tocino y se afirmaba que ese tocino amparaba una magra de superior calidad. El día de la matanza y finalizadas las tareas que se habían podido efectuar, era costumbre, al anochecer, juntarse a cenar el “matalechones” con la familia de la casa de la matanza. El menú era fuerte y comenzaba con unas habas apañadas con bien de grasa, seguido de una sartenada de magros de la papada, sangre, hígado, lechezuelas, landrillas y otras “zalandrajas” (zarandajas). Todo ello regado con vino de la bota. Se terminaba con unas nueces de postre, queso y membrillo, café,  copa y puro. ¡Un festín, vamos! La dieta adecuada para bajar los índices del colesterol.


Al día siguiente al de la matanza, la costumbre requería mandar lo que se llamaba el “presente”, para obsequiar en una primera selección e indistintamente al Médico, al Sr. Cura, y al Maestro, y posteriormente a los parientes. Las madres preparaban en una cesta de mimbre, unos trozos de lomo, costilla, tocino y una morcilla. Los chicos  eran los encargados de repartirlas y en compensación recibían alguna propina por parte de los agasajados.

Tradiciones y costumbres, página 15



LA CASA
La construcción de la casa tradicional de nuestro valle era a base de de piedra y madera. Los muros llegaban a tener un metro o más de espesor con el fin, aparte de asentarla, para  proteger la casa del frío, humedad y del calor.  De amplia fachada con portadas en forma de arco y ventanas; también algún balcón de forja.  Las ventanas, portadas y parte de las fachadas estaban labradas en piedra de sillería. El cubrimiento de tejas y el bajo de los aleros embellecido con vigas de madera de roble. Algunas fachadas o parte de ellas eran revocadas y pintadas posteriormente de cal.  Ciertas casas disponían como adjunto un patio o corral al aire libre y otras la huerta. Las casas de los menos pudientes se hacían de adobes y la masa era hecha con la mezcla de agua, arena y cal.

Su distribución era de la siguiente manera: En la parte baja estaba la cuadrapara los animales, los pesebres, pocilgas, y compartimientos con alambre para conejos y gallinas. También algún cuarto para guardar los aperos  y la leña del fogón. En las plantas bajas de edificios muy grandes había sitio incluso para granero y pajera, pero lo normal era que estos estuvieran en la última planta en donde un agujero en el suelo comunicaba con  la cuadra y desde él echaban la hierba, la paja y el grano para los animales. Por una escalera se comunicaba con la vivienda, en la primera planta se hallaba la cocina con su fogón, luego sustituido por la llamada “cocina económica” de hierro fundido,  alimentada también por leña o carbón, con su horno para los asados y que incluso algunas disponían de un compartimiento para calentar el agua;  la fregadera, el comedor y habitaciones.  La última planta solía disponer del horno para hacer el pan y la “fresquera” donde conservar los alimentos.

Los cacharros que tenían las cocinas eran el fuelle, la tenaza, abrazaderas de hierro para proteger los pucheros, paleta de hierro, escobilla, el trébede (aro o triángulo de hierro con  tres patas para poner al fuego sartenes, pucheros, etc.), diferentes tamaños de parrillas, los candiles, los faroles, el cedazo, el brasero de calentar camas, el atizador.  Los fogones a pie de suelo, anteriores a las cocinas económicas, disponían de una chimenea por donde salían los humos y de su centro colgaba una gran cadena de hierro en donde se amarraban calderas, donde se cocían los alimentos para los animales  y otros usos como escaldar las morcillas y la conserva.

El mobiliario de reducía a unas cuantas sillas, la mesa de comer que solía ser redonda y cuando no se usaba se alojaba verticalmente en  la pared para no ocupara sitio y dejar despejada la cocina, y la alhacena (armario con puertas de las cocinas, generalmente empotrado en la pared) en donde se guardaban los alimentos de más uso: aceite, azúcar, café, harina, la caja donde se depositaba el pan para que estuviera tierno, y en donde los ratones solían campar a sus anchas y daban bastantes sustos a las amas de casa, cuando eran descubiertos, con sus inesperadas carreras.

En las habitaciones estaban las camas cubiertas con un colchón de hierbas u hojas de maíz, posteriormente el colchón era de borra (pelos de aspecto lanoso de los mamíferos) y a éste le sucedió el de lana. Se vestían con sábanas, mantas y una colcha. Para los casos de que alguien se la familia se pusiera enfermo y tuviera que venir a visitarlo el médico, cura o vecinos, se reservaba una sobrecama. Tenían su armario y el arcón o arca donde se guardaba el resto de ajuar y otras cosas delicadas. Generalmente las habitaciones eran compartidas por varios miembros de la misma familia y del mismo sexo.