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domingo, 2 de diciembre de 2012

CORAL capítulo primero



Primavera de 1960, Valle de Allín, merindad de Estella. 


     Un campamento de gitanos se había instalado por esas fechas en una de las choperas de las cercanías del río. Habían llegado en dos carromatos muy estropeados por el paso del tiempo. Uno de ellos de madera y cubierto; y el otro tenía por techo un descolorido toldo. Al de madera y cubierto, que estaba en mejor estado, se accedía por una escalera  al final de la cual se abría una entrada que tapaba una tela rota. Tenía ventanas de las que colgaban varios aparejos entre los que se encontraba un refrescante botijo y en su techo asomaba una desafiante chimenea. Las ruedas de los dos carromatos eran también de madera con llantas de hierro y eran arrastrados por una yegua joven y un caballo lo más parecido al "Rocinante" de Don Quijote. Atados a ellos, un montón de perros de todas razas y tamaños. El grupo familiar de la tribu lo formaban unos abuelos, sus hijos y una prole numerosa de nietos. Los hombres llevaban ropa negra con chalecos, faja a la cintura, botas, sombrero y alguno portaba un bastón que terminaba en un pincho metálico. Su barba era de muchos días e incluso otros lucían un buen bigote. Ellas, pelos largos negros despeinados, tez y ojos oscuros, pañuelos anudados al cuello, faldas amplias que llegan al suelo, pendientes de grandes aros y chal ceñido a la cintura. Los críos vestían, es un decir, de cualquier manera con pantalones hechos jirones, medio descalzos y con los mocos colgando. Todo el cuerpo que dejaban al descubierto estaba lleno de roña. Desprendían un olor penetrante y característico de estar muchas horas cerca del fuego y de no lavarse muy a menudo. Una vez asentados, con unas piedras hicieron un círculo en el medio del cual encendieron una hoguera con la leña que pudieron acarrear por los alrededores y arrimaron sus pucheros. Seguidamente, iniciaron sus conocidas labores de cortar “zumaricas” (5) y de recorrer las casas de todos los habitantes del pueblo ofreciéndose a estañas pucheros y sartenes, a comprar algún ganado caballar; las mujeres a vender las cestas confeccionadas con los mimbres y los gitanillos a pedir limosnas. Hasta mi se acercó una “gitanica” en edad de merecer y que me llamó la atención por llevar la cara limpia e ir casi bien peinada y de la que me fijé muy especialmente. Era espigada y delgadita. Llevaba un vestido, o lo que pudiera ser, seguramente heredado de alguna hermana mayor, que a la altura del pecho le oprimía considerablemente por lo que allí escondía. Calzaba unas zapatillas rotas por las que se asomaban unos dedillos algo sucios. Tenía unos ojos preciosos de color marrón oscuro, casi negros; no eran grandes pero al conjunto de su cara le daban una gracia especial. Al sentirse observada me clavó su mirada con intensidad y me dijo desafiante:

    ¿Qué miras payo? 

   ¡Te miro a ti…!  –le respondí

  –¿Me das una limosna?

   No llevo nada de dinero –le confirmé

   ¿Y algo “pa” comer? 

   Si quieres algo para comer, tendrás que pasar por mi casa y   a ver qué es lo que te puede dar mi madre.

   ¿Y cuál es tu casa? 

  Está en el centro del pueblo, la calle se llama Mayor, es el número 36, tiene la puerta con ventanillo pintada de color verde, hay un poyo de piedra en su entrada y encima de él un balcón de forja. ¡No tienes perdida! 

   –Yo no sé de leer ni de escribir…pero te la buscaré

   ¿Eres gitana…?–le pregunté–

  –Sí, y de la raza caló… ¿Pasa algo “u qué”…? ¿Eso que llevas en la mano, que es…?

   Es un cuaderno que se llama cancionero y  que contiene la letra de todas las canciones que los músicos han tocado por las fiestas, que fueron en Septiembre. Así me las aprendo y las puedo cantar. –le expliqué

  Yo..., ya he visto por los pueblos esos que tocan y cantan, pero no son como nuestros gillabaores (cantaores), ni tampoco saben tocar la guitarra como mi batipuró (abuelo).

   Es que a vuestra música le llaman flamenco, ¿no?

 “Pos” no sé… tampoco vosotros "sabís" quelar (sabéis bailar) –Me aseguró toda convencida

  Menos mal que me vas diciendo que quieren decir esas palabras, raras para mi, que no entiendo y que me las tienes que repetir varias veces. Sé muy poco de vuestro raza, de vuestra lengua y de vuestras tradiciones, como me imagino que tampoco tú sabrás mucho de las nuestras. No es de extrañar las diferencias que puedas notar en el cante en el baile y en las demás cosas.

   Y…¿por qué no me gibelas (cantas) una de esas canciones de las fiestas que dices “t’as aprendío”? –La muy descarada trató de examinar mis facultades

   Me da vergüenza, pero si quieres te canto un poco de una que se titula “Dos cruces” y que dice así: –me puse a entonarla– “Sevilla tuvo que ser, con su lunita plateada, testigo de nuestro amor, bajo la noche callada…”


   Es bonita… pero triste… me interrumpió rápidamente– Mi bata (madre) me suele jinar (contar) que tenemos cachicalós (parientes) en ese sitio, ”Zeviya”. Y tú chaval cantas “mu” por la bajiné (muy bajo). –Me hace un mal gesto


   Bueno, hago lo que puedo y ya que has insistido…  


     A continuación la gitana comenzó a dar una especie de gritos tremendos, quejidos y lamentaciones, en lo que yo imaginé que era una de sus canciones, de la que apenas entendía cuatro palabras; todo ello lo acompañó con unos movimientos convulsivos de su cuerpo y un agitar de manos y de pies acompasados al movimiento de su falda. Cuando terminó me preguntó:


    –Qué, “¿tá gustao”? … esto sí que es cante y baile y no la ñorda (mierda) que tú “tás pegao”.


 ¿Pero si me has dicho que era bonita? –Le dije suavemente 


 –Bueno..., alguna cosa de las que “dicía”, pero como tampoco la has “bailao”…


   Es que esa canción no se baila suelto, sino agarrado a tu pareja y es un bolero. –traté de explicarle

   –¡Venga ya! …Tú, ¿eres de este garó (pueblo)…? es que no te tengo visto con los demás chaveas (chicos) del pueblo.
   –Sí que lo soy, pero normalmente estoy fuera, estudiando en Logroño. Ahora estoy aquí con mis padres, porque he suspendido y he perdido el curso. No me puedo presentar a nuevos exámenes hasta el año que viene. 

  –Ya me “paicía” a mí que eras un poco raro por como chamullas (hablas), el color que tienes tan blanco y ese pelo que llevas con esa raya a un “lao”. Y… en esa escuela ¿qué te enseñan?

  Bueno, es una preparación para luego poder hacer una carrera: médico, abogado… 

   Que vas a estar “pringao” muchos años, ¿no?
   
   ¡Sí!  ¿Cómo te llamas?

   Coral,  ¿y tú? 
   
   Javier 

  Tienes raro hasta el nombre –replicó Coral, dibujando una sonrisa en su gran boca

  ¿Cuántos años tienes? preguntó Javier, interesándose por ella

   Acabo de hacer los dieciséis –contestó, Coral

   ¿Que vas a hacer ahora…? –siguió interrogando, Javier
   
   Voy a darme una vuelta, a pedir por las casas del pueblo, que a eso iba cuando te “encontrao” y con lo que recoja volveré al campamento a dárselo a mi bata (madre). 

  Bueno, que tengas suerte y no te olvides de pasar por mi casa que algo tendré preparado. 

       La “gitanica” se fue y yo la seguí largo rato con la mirada. Andando tenía una gracia especial, el viento agitaba su largo pelo de color caoba que llegaba a la cintura, sus piernas se me antojaban delgadas y su culo respingón se le marcaba en su vestido. Era ya una mujer, y yo la miraba embelesado. Regresé rápidamente a mi casa a esperar que ella fuera a pedir. Estaba a la vez emocionado y nervioso y el tiempo que pasaba se me hacía eterno. Al fin cuando había transcurrido más de una hora, mi madre que estaba en la planta baja de la casa, subió y me dijo: 
   
   Hay una gitana abajo, que pregunta por ti. ¿Sabes que es lo que quiere…? Luego hablaré contigo...  

   Sí madre, viene a pedir. ¿Tienes algo para darle? 


     Mi madre buscó por su cocina y me entregó un pan duro de varios días y una moneda de 10 céntimos. Yo le dije: 


   ¿Solamente tienes esto para limosna…? 

   
   ¡Con eso va que se mata!  –me respondió 

   Es que… verás, su familia está acampada cerca del puente, en la explanada de la chopera, son un montón y hay media docena de críos… 


  Lo mismo que saben hacer hijos, tenían que saber trabajar señaló despectivamente y continuó– Pero eso no, se dedican a robar todo lo que pueden y a engañar a la pobre gente y… ¿a qué viene ese interés porque le dé algo más?… 


     Era una pregunta directa la que mi madre me hacía, pero yo traté de hacer como si no la hubiera oído, porque tampoco hubiera sabido responderla con criterio. Al final y después de un poco de conversación, conseguí convencerla para que me diera algo más, que fueron unas patatas y dos huevos. Se lo bajé todo en un “zacuto” (6) de trapo en el que también metí, y sin que mi madre se diera cuenta, un trozo de tocino que “ramplé” (robé) de la despensa. 


   ¡Toma!, Coral. –Y lo puse en sus manos


  ¡Gracias Javier, Dios te lo pague! Es la casa donde más me han "dao". 


     Cuando subo a la cocina, mi madre, que ya me ha avisado que hablará conmigo, primero me interroga:


   A ver, hijo, ¿a qué viene ese interés por esa gitana? 


   No lo sé madre, la he conocido hoy mismo y hemos estado hablando un rato, me ha pedido que le diera algo para comer y le he dicho que pasara por aquí. 

   
   Y… ¿cómo sabía tu nombre? 

   Pues, porque yo se lo he dicho.  


     Y a continuación me soltó el discurso: 


   No me gusta que cojas confianzas con gentes extrañas, que no son del pueblo y menos con los gitanos;  y “pa que me joribie” (para que me fastidie más) la confianza se la das a esa descarada de gitana. Los gitanos son problemáticos, harapientos y sucios, nunca se lavan, y siempre están llenos de chinches y pulgas. Estando con ellos puedes coger cualquier enfermedad y no aprender más que cosas malas. 


   No te preocupes tanto, madre. Ya sé lo que me hago. 


  Pero... ¡La verdad! que ésta es una gitana muy guapa. terminó diciendo mi madre


     ¡Menos mal! Mi madre, al igual que yo, había observado al menos la belleza natural que desprendía Coral.  


     Al día siguiente, estaba jugando con mis amigos al fútbol en la era, cuando advertí como Coral se aproximaba por el camino del puente. Venía acompañada de un gitano, que me pareció en edad, algo mayor que ella, enfundado en una chaqueta muy amplia toda rota y en un pantalón que quería ser largo pero que se le había quedado corto. Se tapaba la cabeza con una boina negra, sucia, que lleva calada hasta las cejas. Coral se acercó hacia mí y él se quedó un tanto rezagado mientras extrañado me miraba desafiante. 


   ¡Hola, Javier! saludó Coral– Éste es mi hermano Mauricio. Si te das de cuenta es un poco “retrasao”. Tuvo una enfermedad de chinorri (niño) y se quedó un poco “chalao”. Es algo sordo y apenas habla  pero es “mu” bueno. Lo que nosotros decimos te lo entiende todo. 


   ¿Sería la meningitis…? –le pregunté


   –No sé… ¿Qué es eso…?


  Pues…según tengo entendido una enfermedad que ataca preferentemente a los niños y que si no se cura bien, tiene posteriormente consecuencias negativas. 


     Como el gitano estaba  asustado y había retrocedido unos pasos hacia atrás, Coral le llama a voz en grito: 


   ¡Acércate aquí, Mauricio!

     
     A la orden de su hermana, Mauricio, accedió remolón y vino poco a poco, abriendo su boca de serón, enseñando sus dientes rotos y ennegrecidos y soltando una carcajada.

   Es “mu” travieso y “desconfiao” y no curra (trabaja) “ná” –matizó Coral


     Mauricio, entonces, se dio cuenta de mis amigos, que seguían jugando al fútbol en la era, y agarrándose a su hermana los señaló emitiendo unos sonidos guturales inteligibles. Coral sí que logró entenderlo y pasado un rato me dijo: 


   –Me está contando el Mauricio que esos monrós (amigos) tuyos le han querido estivar (pegar) y que le han tirado piedras, y que el otro día le bajaron el pantalón le escupieron el cá (pene) y lo quisieron tirar al pilón. 


     Hablé con ellos, y me explicaron que vieron a Mauricio, lo rodearon, se empezaron a reír de él, le hicieron burla, lo zarandearon y el les correspondió emprendiéndola a pedradas. Traté de explicarles que era un poco “tontico” y que no estaba nada bien lo que le habían hecho. Me respondieron que era un gitano y que les daba igual, que podía estar contento de que no lo habían tirado al pilón, para darle un buen remojón y se le quitara la mierda. Continuamos con la discusión que dimos por terminada, cuando yo les dije a mis amigos, que iba a jugar al fútbol con nosotros y que lo ponía en mi equipo. No con muy buena gana lo aceptaron y comenzamos a jugar. Tuve que empujar a Mauricio porque el pobre no se lo creía. Me miró asombrado y yo le di la pelota. Empezó a reírse, la echó al suelo y corrió detrás de ella como un poseído. Andaba algo cojo y las tarascadas que recibió de mis amigos fueron múltiples pero el se reía sin cesar y no sabía si tenía que atacar en la otra portería o en la suya. Le daba  igual, con su torpeza corría y corría, caía al suelo, se levantaba con dificultad y volvía a jugar. Cuando mi equipo metía un gol y veía que nos abrazábamos él también venía sudoroso a celebrarlo. Mis amigos aprovechaban para quitarle la boina y tirársela al aire. Mauricio no se lo tomaba a mal y soltaba un montón de carcajadas seguidas, que eran correspondidas por las de mis amigos que se tumbaban de espaldas por la risa que les producía el espectáculo que estaban presenciando, ya que no podían aguantarse más. Mauricio había sido aceptado por mi panda y en adelante ya no le tirarían piedras. 

     La caravana de gitanos pasó algún día más en el pueblo y coincidí varias veces con Coral.  Nuestra amistad fue en aumento y aunque muchas veces me las veía y deseaba para poderla entender, con su lenguaje mitad “calorro” mitad castellano, me gustaba estar con ella y me encantaban sus ojos cuando me miraban.  Me contó muchas cosas, de sus costumbres, tradiciones y principalmente de su familia a la que apodaban “Los Húngaros” y de sus miembros más relevantes: Raimundo era su abuelo y el patriarca, había sido estañador y ahora prácticamente no hacía nada pues, con los años, le fallaba la vista y el pulso, de tanto beber vino. Su abuela se llamaba Salomé y se dedicaba principalmente a cuidar de la prole y a guisar los pucheros. Juan de Dios era su padre, tratante de ganado y estaba casado por el rito gitano con la que era su madre que se llamaba Remedios. El hermano mayor era el Ángel que se dedicaba a vender telas y que actualmente estaba inactivo por estar en el talego (cárcel) por un asuntillo que había tenido con una fábrica textil de Tarrasa, a la que parece ser, le había robado la mayor parte del género que trapicheaba por los pueblos. Estaba casado con su cuñada de nombre Yurena, que según la costumbre gitana, tenía que vivir con la familia de su marido. Le seguía Emeterio que recogía chatarra. Natalio, otro de los hermanos, tenía más años que Coral y estaba soltero, era esquilador y según su hermana un poco bujendí (maricón), por lo que no era nada de extrañar que le gustara cortar el pelo, aparte de los animales, a toda la familia y sobre todo a las chicas, a las que hacía unos cortes preciosos y un montón de virguerías de moños y otras historias. Tenía otras hermanas mayores y más pequeñas que vivían con ellos y un montón de sobrinos. De todas esas hermanas, a quien más ponderó fue, a una que se llamaba Samara, que estaba en Zaragoza y trabajaba en una sala de fiestas cantando y bailando. Según me dijo era una “jai” de impresión de las que llamaban la atención por guapa y por cuerpo. (En algo se tenía que parecer a Coral).  De su manera de vivir me explicó que en los meses crudos del invierno se asentaban en Estella, donde a las afueras, en una antigua casa de labranza, abandonada, se instalaban. El resto del año peregrinaban de un sitio para otro. Iban a las ferias de ganado donde su padre hacía algún trato con animales comprándolos y vendiéndolos. Echaban soldaduras, la buenaventura, recogían chatarra, pedían limosna por las casas de los pueblos, hacían cestas y los más pequeños ayudaban en lo que podían, cortando mimbres, juncos, cañas, carrizos, juntando leña y así.  


     Su vida era nómada como la de sus antepasados. No tenían normalmente un asentamiento fijo y vagaban de un sitio para otro, con el rechazo de las gentes donde iban, el analfabetismo de sus familias y el miedo a la Guardia Civil. Sus rutas eran hasta Puente La Reina, Tafalla, San Adrián y Calahorra, Los Arcos, Acedo y Santa Cruz de Campezo, y entraban en la mayoría de los pueblos que les pillaban de camino ya que en todos había algo que hacer: unos pucheros para estañar, unos burros para esquilar o algún animal para comprar o vender. 


     Y llegó la hora de la despedida. Aquella tarde Coral me buscó por el pueblo y me encontró en el frontón, jugando a la pelota con mis amigos y con su hermano Mauricio que nuevamente nos dio un recital de payasadas. Me llamó desde lejos y me dijo: 


   –Javier, venía a decirte que mañana temprano nos vamos. 


(continuará) 


(5)- Zumaricas: Mimbres de las orillas de los ríos usadas para una vez trenzadas hacer cestas y canastos. 
(6)- Zacuto: bolsa de cualquier material para poder transportar cosas o alimentos 

NOTA:
Si lo que deseas es poder acceder al texto de la novela completa, simplemente pincha este enlace Coral novela completa

Imagen gitana: gifsgallery.com